Print this page

Sta. Madre Maravillas

Hay vidas que no se comprenden sin fe verdadera. Esta es la frase que mejor resumiría la historia de Santa Maravillas de Jesús, una carmelita descalza poco común que desde la más rigurosa vida contemplativa de un monasterio de clausura fue capaz de emprender una obra social y caritativa impresionante. Sin embargo, su nombre ha recobrado relevancia pública esta semana no por su legado ni su elevada categoría humana, sino porque el Congreso de los Diputados, tras una lamentable disputa, se ha negado a colocar en una de sus salas una placa para rememorar el lugar del nacimiento de esta ejemplar mujer hace más de un siglo.
Con una personalidad entrañable, capaz de hacerse amiga hasta de los enemigos y un profundo amor a Dios y a los más necesitados, María de las Maravillas de Jesús Pidal y Chico de Guzmán decidió de muy joven dejar su vida acomodada para abrazar la austeridad y la pobreza del carmelo. Había nacido el 4 de noviembre de 1891 en uno de los edificios que hoy es ocupado por el Congreso de los Diputados, concretamenteen el número 36 de la calle San Jerónimo. Sus padres, muy católicos, eran los Marqueses de Pidal. Por línea paterna, la mayoría eran políticos. Su padre, Don Luis Pidal, trabajaba como embajador de España ante la Santa Sede y su abuelo había sido diputado.
Una educación privilegiada
Era normal que, en este ambiente aristocrático, la Madre Maravillas recibiera una educación por encima de la que podía recibir cualquier mujer de su época. Hablaba perfectamente el francés y entendía el inglés. Sin embargo, la comodidad no fue óbice para que cambiara radicalmente de vida. A los 28 años ingresó en el carmelo de El Escorial (Madrid) y dos años después ya había realizado su primera profesión monástica.
Su espíritu inquieto y su gran sensibilidad ante los más pobres entre los pobres le permitió no desconectar nunca de las necesidades reales del mundo. «Llama la atención cómo una monja contemplativa de clausura fue capaz de emprender una obra social tan importante. Sería más comprensible en una religiosa de vida activa», recuerda Miguel Ángel de la Madre de Dios, padre carmelita descalzo, que se ha dedicado a estudiar su vida.
En sus 55 años de vida religiosa, Santa Maravillas fundó once conventos en distintos puntos de España y uno en la India, y emprendió la restauración material y espiritual de otros muchos, como el de San Lorenzo del Escorial y el Monasterio de La Encarnación en Ávila. «Debía abandonar el carmelo que había fundado para ir en busca del siguiente -apunta- debido a que se colmaban de vocaciones».
Generosidad sin límites
Tanto le preocupaba también la salud de sus hermanas, que decidió costear la creación de la Clínica Claune, en Pozuelo de Alarcón, en la que hoy son atendidas cientos de religiosas sin importar la congregación a la que pertenecen. A sus expensas, además, hizo construir en Getafe el colegio que hoy lleva su nombre, «Madre Maravillas», y una guardería junto al convento de Montemar en Torremolinos y otra en Ávila. «Caudales de dinero pasaron por sus manos -señala el padre Miguel Ángel- y ella no se quedó con nada. Todos los bienes que le fueron llegando los repartió». También es cierto que solía empezar estos proyectos caritativos sin medios económicos, confiando siempre en la Providencia de Dios, que nunca le falló.
Las hermanas que vivieron con ella le solían replicar entre bromas que no se puede ayudar a todo el mundo, pero ella siempre insistía: «A todo el mundo no, pero sí a quien pase a nuestro lado». Y las necesidades del prójimo nunca encontraban límites en su generosidad. Prueba de ello, fue la construcción de una barriada completa de más de 200 casas en la localidad madrileña de Perales del Río, que lleva el nombre de «Colonia Madre Maravillas» y en la que hoy viven centenas de familias trabajadoras. La lista de la ingente labor social de esta notable mujer resultaría interminable, y aún así no llegaría alcanzar la dimensión de su caridad. «En el convento donde vivía Santa Maravillas -recuerda Miguel Ángel- no se compró una lavadora hasta que el pobre más pobre de sus alrededores no tuvo una».
Le perdonaron la vida
Como muchos de los religiosos de comienzos del siglo XX, la carmelita también sufrió la persecución durante la Guerra Civil. En 1936, debido a los bombardeos de las milicias rojas, debió abandonar junto a las hermanas su convento en el Cerro de los Ángeles en Getafe -el primero que fundó- para trasladarse a un piso en el número 33 de la calle Claudio Coello en Madrid, Al igual que sucedió en otras congregaciones religiosas, la santa, que en ese entonces tenía 45 años, aconsejó a las monjas que marcharan a casa junto a sus familiares, pero ellas no quisieron abandonarla y la comunidad al completo se mantuvo unida durante los tres años que duró la contienda.
Fueron tiempos muy duros. En varias ocasiones, la Madre Maravillas, quien nunca negó ante sus enemigos su condición de religiosa, vio ante sí la posibilidad de morir en el martirio. Los interrogatorios eran constantes y muchos a punta de pistola. Sin embargo, su carisma y su desbordante paz interior la salvó de esa muerte injusta. El padre Francisco Armenteros, responsable de prensa del Arzobispado de Getafe, durante el proceso de canonización de la religiosa, califica de «sorprendente cómo el entonces jefe de los milicianos quedaba impresionado con la conversación de la carmelita cada vez que iba a interrogarla». Incluso, con el paso del tiempo, aquel piso donde las hermanas habían reconstruido temporalmente su vida monástica se convirtió en una zona protegida. «Los milicianos -añade- encontraron una vez a dos monjas en la calle y las llevaron allí para que no corrieran peligro».
Pese a que a Santa Maravillas de Jesús no le hubiera importado morir en el martirio si así se cumplía la voluntad de Dios, su partida a la Casa del Padre no llegó hasta muchos años después, el 11 de diciembre de 1974 a los 83 años de edad. «¿Que me voy al cielo? ¡Qué alegría! -exclamó- ¿Cómo no me lo han dicho antes?». Así rememoran la partida de esta mujer excepcional sus hermanas, que eran conscientes de que asistían al fallecimiento de una santa. Todo ocurrió en el carmelo de La Aldehuela (Getafe), en el que permaneció tras su fundación en 1961. Allí se encuentra actualmente su tumba, junto al altar de la Iglesia del convento, que es visitado todos los años por una multitud de devotos. Además, un museo atesora los recuerdos de esta sencilla religiosa, entre ellos, su vieja máquina de escribir con la que inmortalizó frases como: «Yo quiero a todo trance santificarme, entregar, pero de veras, toda mi nada al Señor».
Pronta canonización
Su santidad fue reconocida rápidamente por la Iglesia católica, no sólo por sus virtudes sino también debido a las innumerables gracias que Dios comenzó a conceder por su intercesión. Uno de los milagros más impresionantes y que sirvió para su causa de canonización fue el de un niño argentino llamado Manuel Villar, ocurrido hace ocho años en la localidad de Nogoyá, al noreste de este país sudamericano. El pequeño cayó a una piscina llena de fango y cuando sus familiares se percataron de lo ocurrido el niño ya estaba en parada cardiorespiratoria, prácticamente muerto. Su madre, muy devota de Santa Maravillas de Jesús, encomendó a su hijo a la monja y el pequeño inexplicablemente se recuperó sin ninguna secuela neurológica.
El Papa Juan Pablo II celebró la ceremonia de canonización de la carmelita junto a otros cuatro beatos españoles durante la que fue su última visita a España en mayo de 2003. De ella destacó que «vivió animada por una fe heroica, plasmada en la respuesta a una vocación austera, poniendo a Dios como centro de su existencia».